Ir al contenido principal

La mudanza


Después del brutal accidente nos tuvimos que mudar a las afueras de la ciudad junto a mis padres. Nuestro nuevo hogar se encontraba en un paraje muy tranquilo, alejado de las molestas voces y ruidos de la ciudad, sin embargo los niños no acababan de acostumbrarse. Echaban de menos a su madre y preguntaban por ella constantemente. Yo la visitaba a diario en el hospital y pasaba las noches a su lado a la espera de volver a ver abiertos sus inmensos ojos verdes. Tras el paso de los meses me convertí en el único testigo de su lenta mejoría hasta que ella, al fin, pudo abandonar el hospital. Aquella noche volví a casa desolado. Cómo explicarle a los niños que mamá, de momento, no podría mudarse a nuestro acogedor panteón familiar.


Microrrelato seleccionado para su publicación en el I Concurso de microrrelatos convocado por Ojos Verdes Ediciones.

Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Truco o trato?

  Vampiros, momias, fantasmas y muertos vivientes esperaban con ansia la llegada de la noche más escalofriante del año. Solo entonces daban rienda suelta a su lado más oscuro y se disfrazaban de abogados, oficinistas o escritores mediocres. Microrrelato ganador mediante votación popular del Concurso de Microrrelatos Espeluznantes en las 100 Tiendas.

Una férrea educación

«Blanco o negro, vivir o morir...; se trata de tomar decisiones y actuar», gritaba mi padre furioso cada vez que me veía dudar.      Los baños diarios en el mar, incluso durante el invierno, o la prohibición de mostrar mis sentimientos, ni siquiera durante el funeral de mamá, formaban también parte de su empeño en convertirme en un hombre de verdad, útil para este mundo. Así es que estoy seguro de que se sintió realmente orgulloso de mí cuando permanecí sentado en la arena, impasible ante sus súplicas, mientras se ahogaba aquella fría tarde del mes de abril. Microrrelato seleccionado para su publicación en la antología 100 palabras para un mundo   de El Libro Feroz Ediciones .

Próximo destino

  Me despierto cuando mi cabeza golpea el cristal y tardo unos segundos en tomar conciencia de dónde me encuentro. Miro el reloj. Solo han pasado dos horas desde que dejé mi vida atrás. Parece mentira lo fácil que resulta que todo se venga abajo, en apenas un instante lo que creía estable y para siempre se ha desmoronado y lo único que puedo hacer ya es salir de entre los escombros. Si hace dos días alguien me hubiera dicho que ahora mismo estaría montada en un autobús, rumbo a la otra punta del país, no lo hubiera creído. Hasta hace nada llevaba una vida tranquila. No me gustan los imprevistos, me gusta tenerlo todo bajo control y, aunque me creía valiente, tal vez sea todo lo contrario, pues no estoy haciendo otra cosa que huir. Lejos, muy lejos. Miro a mi alrededor. El autobús está repleto de gente de todo tipo. Gente joven y no tan joven, un matrimonio con dos hijos ruidosos a los que intentan convencer de que llegaremos pronto a nuestro destino, una pareja de ancianos cogidos ...