Ilustración de José Merlos En el ascensor hay un cartel pegado a la puerta en el que se lee «AVERIADO». No parece un buen presagio. Subo por las escaleras cargado con dos maletas a punto de reventar. En el rellano del segundo piso tengo que parar para recobrar el aliento. Aquí hoy han comido coliflor. Reanudo la subida antes de que el asqueroso olor se haga un hueco entre mi ropa. Cuando llego al quinto dejo caer las maletas al suelo, me seco la frente y busco la llave en mi bolsillo. No puedo evitar sonreír. Al fin estoy frente a la puerta de mi casa. Un piso modesto en las afueras de la ciudad, pequeño, muy pequeño, pero con un alquiler asequible. No tan asequible, en realidad, pero sí al menos habitable y no como los cientos de cuadras y estercoleros que me he visto obligado a visitar antes de encontrar este. Nada que una buena mano de pintura y tres o cuatro chapuzas no puedan arreglar. Introduzco la llave en la cerradura y cuando voy a entrar dos nenas se abalanzan sobre mí....