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Entradas

El sueño de Celia

Su propio grito la despertó. Desorientada miró el reloj: las seis y media. Tenía la boca seca y el cuerpo empapado en sudor. En el otro extremo de la ciudad, a la misma hora, Adrián abrió los ojos al oír el penetrante zumbido de su viejo despertador. Enseguida supo que aquel no sería uno de sus mejores días: un terrible dolor de cabeza amenazaba con martirizarlo durante las próximas horas. Celia se levantó de la cama. Seguía angustiada y no conseguía recordar nada del maldito sueño, ni una sola imagen, solo esa horrible sensación que ahora amenazaba con bajar hasta la misma boca de su estómago. Fue hasta la cocina y preparó café con la esperanza de disipar la espesa niebla en la que sentía estar sumergida. Una ducha también ayudaría, el agua tal vez pudiera arrastrar su malestar. Adrián buscó en el cajón de la mesita de noche algo con lo que calmar el martilleo que taladraba su cabeza. Nada, ni una pastilla. Debí de tomarme la última hace dos días para la resaca de la despedida...

La mudanza

Después del brutal accidente nos tuvimos que mudar a las afueras de la ciudad junto a mis padres. Nuestro nuevo hogar se encontraba en un paraje muy tranquilo, alejado de las molestas voces y ruidos de la ciudad, sin embargo los niños no acababan de acostumbrarse. Echaban de menos a su madre y preguntaban por ella constantemente. Yo la visitaba a diario en el hospital y pasaba las noches a su lado a la espera de volver a ver abiertos sus inmensos ojos verdes. Tras el paso de los meses me convertí en el único testigo de su lenta mejoría hasta que ella, al fin, pudo abandonar el hospital. Aquella noche volví a casa desolado. Cómo explicarle a los niños que mamá, de momento, no podría mudarse a nuestro acogedor panteón familiar. Microrrelato seleccionado para su publicación en el I Concurso de microrrelatos convocado por Ojos Verdes Ediciones.

En el gimnasio

El cuadrado es un círculo musculado. Mención especial del jurado en el I Concurso de Greguerías Contemporáneas convocado por el Club de Escritura Fuentetaja.

Dulces sueños

Hoy hace tres años de mi encierro. Me marea pensar lo deprisa que transcurre el tiempo, incluso cuando una solo se dedica a verlo pasar. Agorafobia, dictaminó la psiquiatra, después de varios ataques de pánico en mitad de la calle. Tras el diagnóstico me rebelé, pero pasados algunos intentos, todos ellos infructuosos, por volver a salir, decidí permanecer en casa, el único lugar del mundo en el que me siento a salvo. Dentro de la vorágine que supone esta enfermedad, los primeros meses fueron, sin duda, los más llevaderos. Recibía visitas a menudo, constantes llamadas y mis requerimientos eran satisfechos con más o menos rapidez por la mayoría de mis conocidos. Sin embargo, la paciencia es una cualidad de duración finita y hoy por hoy, pasan semanas sin que nadie pise mi casa. El teléfono también hace ya mucho tiempo que dejó de sonar. Durante el día paso las horas sentada frente al televisor, esperando la llegada de algún milagro o de un rayo mágico capaz de reiniciar mi cerebro...

Un nuevo caso

El día se presentaba realmente duro para el detective Ricardo Terroso. La resaca le estaba partiendo en dos y para colmo no conseguía encontrar su preciado Zippo . Doce años llevaba encendiendo todos sus cigarrillos con aquel maldito mechero que ahora no aparecía. Iba ya por la enésima vuelta a su despacho cuando su ayudante irrumpió en él. Aquel novato sabelotodo conseguía sacarlo de quicio con su mera presencia. -Señor, tenemos un nuevo caso –anunció-. Se trata de una prostituta, la tercera en lo que va de mes. El cuerpo ha aparec… -Está bien – le interrumpió-. Cállate ya si no quieres que me explote la cabeza ahora mismo. Veinte minutos más tarde al detective Terroso no le impactó ver el cuerpo mutilado de la mujer, ni siquiera el enorme charco de sangre sobre el que se encontraba. Lo que de verdad le hizo sentir vértigo fue descubrir su mechero bajo aquella desvencijada cama.   Microrrelato finalista en el II Concurso de Microrrelatos de Novela Negra ArtGer...

A salvo

Marina le hace sentir bien. Ella tiene el don de encontrar las palabras adecuadas, esas que le susurra al oído cada vez que hacen el amor, palabras que le excitan y le ayudan a olvidar su miserable existencia durante un breve lapso de tiempo. Marina es como el buen vino, su sabor permanece en el paladar tiempo después de haberlo saboreado. Ella representa su refugio, allí está a salvo de cualquier problema, alejado de su propia realidad. La costumbre le lleva a visitarla una vez al mes, pero los minutos pasan rápido y ya solo dispone de diez. Suficientes para despedirse y dejar el dinero sobre la mesita de noche, antes de salir de la habitación.

La gente es buena

Ayer estuve en Pamplona, en el barrio de la Txantrea; el de los Barricada, me dice Raúl, y a mí me da la risa (nerviosa). Hace quince días recibí una llamada para comunicarme que había sido la ganadora del IX Certamen Literario Sagrario Resano en la modalidad de castellano y estas dos últimas semanas las he vivido inmersa en un constante estado de nervios. Ayer tuvo lugar la entrega de premios y, claro, estaba invitada. David, el chico de la asociación cultural con el que hablé, me dio todo tipo de facilidades desde el primer momento. Si quería, podía ir, ellos encantados de recibirme; si no iba, también lo entendían. Si iba y quería decir algo, perfecto y si no abría la boca tampoco pasaba nada. El caso es que a mí el corazoncito me pedía a gritos ir y hablar y dar las gracias y decir que estaba encantada y feliz, pero mi cerebro me mandaba señales contradictorias en forma de angustia permanente. En ningún momento dudé la respuesta (¡claro que iría!) porque no estaba dispuesta a p...