lunes, 14 de mayo de 2018

Nido vacío



Insiste una vez más, quiere que le empuje, pero yo intento disuadirlo. Todavía recuerdo con horror las dos últimas ocasiones, aunque para qué está una madre sino para recoger los añicos y lamer las heridas de su hijo.

Él se encarama al alféizar, se atusa la barba –¿en qué momento se hizo tan mayor?– y después despliega los brazos. Sin pensarlo demasiado lanzo mis manos contra su espalda, con rabia, con pena, con esperanza y, esta vez sí, mi niño se aleja volando.


Microrrelato finalista en el Microconcurso Cuentos para el Andén. 

lunes, 24 de julio de 2017

Resaca marina




El capitán no conseguía recordar nada de la noche anterior, tan solo el espantoso calor que todavía se empeñaba en continuar pegado a su piel. Se había despertado con la boca tan seca que bien podría haberse pasado todas esas horas mascando serrín. Aun así, cogió aire, cerró los ojos y sopló las velas, pero el barco no se movió. La maldita resaca le había dejado sin fuerzas y apenas podía pensar con claridad. Es cierto que sus excesos con la bebida nunca acababan bien –peleas con su tripulación, pérdidas de rumbo, cortes, fracturas y hasta un naufragio en alta mar–, pero esta vez había llegado demasiado lejos: por muchas vueltas que le diera no alcanzaba a entender cómo demonios había terminado encallado dentro de esa botella.


#UnMarDeHistorias

domingo, 4 de junio de 2017

Agotamiento extremo






Clara, mi mujer, vivía permanentemente cansada. Es por eso que, aquella tarde, al llegar a casa, no me extrañó encontrarla durmiendo en el sofá. Preparé la cena e intenté despertarla, pero lo único que obtuve fue una sarta de exabruptos que preferí ignorar.
            A partir de entonces hubo muchos otros intentos, si bien es cierto que, a medida que el tiempo pasaba, mis métodos tendían a ser más radicales: de las caricias, los susurros y las cosquillas, pasé a taparle la nariz, darle fuertes meneos o gritar hasta quedarme afónico. Nada la despertó.
Cuando la desesperación se convirtió en angustia, hice pasar por aquel sofá a varios médicos que, sin excepción, dictaminaron que se trataba de un caso de agotamiento extremo. Nada que una buena cura de sueño no pudiera remediar.
Tuve, poco a poco, que aprender a convivir con aquella nueva mujer, más silenciosa y menos divertida, pero no por eso quise renunciar a todos nuestros planes.
Los días pasan rápido. Demasiado. Cuatro años ya.
Ahora mi única esperanza es que no tarde mucho más tiempo en despertarse porque soy incapaz de decidirme por un nombre y el niño ya está a punto de empezar a andar.



Finalista en el concurso de microrrelatos "Un sofá es algo más que un sitio donde sentarse" convocado por Sofás Fama.