miércoles, 31 de julio de 2019

El elegido





Alguien debió de haber calumniado a Josef K, 
puesto que, sin haber hecho nada malo, 
fueron a arrestarlo una mañana.

El procesoFranz Kafka


El chico permanece tendido sobre el suelo. Siente el calor de su propia sangre mientras se deja arrullar por el griterío de la gente a su alrededor. Cierra los ojos y, por fin, descansa.

Apenas media hora antes Marcelo corre a refugiarse en la biblioteca del instituto cuando suena el timbre. No hay demasiados chicos a esa hora, solo algunos de los castigados y un puñado de los otros, los empollones. El resto prefiere quedarse afuera, al aire libre, como presos en su hora de recreo, sabiendo que disponen de poco tiempo antes de volver a ser encerrados. Marcelo se sienta solo en una de las mesas, frente a la puerta y cerca de ella. Saca de su mochila un libro y, con las manos temblorosas, lo abre e intenta concentrarse en su lectura.
Alguien debió de haber… 
Eso es, alguien debió de haberle avisado de que esto no iba a parar nunca, de que hiciera lo que hiciera siempre iba a permanecer en el punto de mira de aquella mala bestia. De nada había servido repetir un curso, eso no había conseguido distraer su atención. Seguía esperándolo a la salida de las clases. Lo buscaba con la mirada durante los descansos y su técnica era tan perfecta que ya ni siquiera hacía falta que se acercara hasta él. Con solo advertir su presencia, por muchos metros que los separaran, su estómago se encogía y el aire comenzaba a faltarle. No era miedo, era algo mucho más denso y sofisticado, tanto que apenas podía pensar en otra cosa durante el día. La noche era aún peor.
Marcelo sacude la cabeza para desalojar su mente como si intentara espantar a una muchedumbre de moscas. Vuelve a intentar leer.
Alguien debió de haber calumniado a Josef K, puesto que sin haber hecho nada malo…
Nada malo. Que él no había hecho nada malo dejó de pensarlo hace mucho tiempo. Tenía que haber algo, tal vez un gesto insignificante, una mirada a destiempo, el tono de su voz, su ropa, su aliento. No era capaz de concretar el qué, pero estaba seguro de que tenía que existir. ¿Cómo si no lo había elegido a él entre todos los demás?
Marcelo echa la mano al bolsillo y se aferra a la navaja que esconde en él. Es una pequeña que su padre emplea para pelar la fruta. La cogió esta mañana del cajón de los cubiertos, solo por si acaso, solo para sentirse menos solo.
Un último intento.
Alguien debió de haber calumniado a Josef K, puesto que, sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarlo una mañana.
Arrestarlo. Arrastrarlo. Eso fue lo último que hizo con él. El puñetazo en el estómago lo derribó. Después lo agarró con fuerza del pelo y lo arrastró. Si toca su rostro todavía puede sentir las hendiduras que la grava y las piedras imprimieron en él. Pero no le duele, ya no. Ha aprendido a soportar ese dolor, el otro todavía no.
Marcelo cierra el libro. En lugar de guardarlo en la mochila decide devolverlo. Sabe que no lo va a terminar de leer.
Cuando sale a la calle no le sorprende descubrir que ya lo está esperando. Está sentado en un banco en la acera de enfrente y en cuanto lo ve se levanta y se dirige hacia él, como una fiera hacia su presa.
Josef K, piensa Marcelo, K, —capullo, canalla, cabrón— mientras saca la navaja del bolsillo y se la muestra al acosador. Este se detiene en seco y Marcelo advierte cómo el brillo de sus ojos disminuye en un instante. Abre la navaja muy despacio, con movimientos extraordinariamente lentos para que el momento dure más, y con la misma lentitud, pero con todas sus fuerzas, pasa la hoja por su muñeca izquierda. La sangre no tarda en brotar. Antes de tumbarse en el suelo, mareado, a Marcelo le da tiempo de ver cómo, por primera vez, K sale huyendo.

Este relato ha sido ganador en el IX Concurso de relatos "El folio en blanco" convocado por Fnac y la escuela de escritura yoquieroescribir.com.



martes, 26 de febrero de 2019

El pequeño Charles





El niño coge uno de los pocos muñecos que quedan dentro del cajón de los juguetes. Enseguida le arranca los brazos y comprueba que las piernas se desprenden con más facilidad aún. Para sacarle los ojos se toma su tiempo, no le gusta que acabe tan pronto la diversión. Después sale al jardín y entierra el pequeño cuerpo desmembrado junto a los otros. Mientras tanto su mamá, la señora Manson, se pregunta extrañada dónde estará el gato, al que hace más de tres días que no ve. 

Microrrelato seleccionado para su publicación en el concurso "100 palabras para mamá" convocado por El Libro Feroz Ediciones.






lunes, 7 de enero de 2019

Dos años, once meses y veinte días

Imagen tomada de internet.

Tras dar innumerables vueltas a lo largo de la playa, por fin, encontró la botella. Esta vez escondida bajo las escaleras que llevaban al paseo marítimo. La recogió, extrajo el papel, lo desenrolló y observó con el ceño fruncido el movimiento anotado por su adversario: ¡jaque mate!
Regresó a casa furioso y recolocó las piezas sobre el tablero para iniciar una nueva partida. Ya se lo advirtió cuando respondió a su primer mensaje de auxilio, de manera que, si aquel jodido náufrago se empeñaba en seguir ganando, él nunca movería un dedo para rescatarlo.

Primer finalista en el IV Concurso de microrrelatos "Realidad ilusoria".

lunes, 14 de mayo de 2018

Nido vacío



Insiste una vez más, quiere que le empuje, pero yo intento disuadirlo. Todavía recuerdo con horror las dos últimas ocasiones, aunque para qué está una madre sino para recoger los añicos y lamer las heridas de su hijo.

Él se encarama al alféizar, se atusa la barba –¿en qué momento se hizo tan mayor?– y después despliega los brazos. Sin pensarlo demasiado lanzo mis manos contra su espalda, con rabia, con pena, con esperanza y, esta vez sí, mi niño se aleja volando.


Microrrelato finalista en el Microconcurso Cuentos para el Andén. 

lunes, 24 de julio de 2017

Resaca marina




El capitán no conseguía recordar nada de la noche anterior, tan solo el espantoso calor que todavía se empeñaba en continuar pegado a su piel. Se había despertado con la boca tan seca que bien podría haberse pasado todas esas horas mascando serrín. Aun así, cogió aire, cerró los ojos y sopló las velas, pero el barco no se movió. La maldita resaca le había dejado sin fuerzas y apenas podía pensar con claridad. Es cierto que sus excesos con la bebida nunca acababan bien –peleas con su tripulación, pérdidas de rumbo, cortes, fracturas y hasta un naufragio en alta mar–, pero esta vez había llegado demasiado lejos: por muchas vueltas que le diera no alcanzaba a entender cómo demonios había terminado encallado dentro de esa botella.


#UnMarDeHistorias

domingo, 4 de junio de 2017

Agotamiento extremo






Clara, mi mujer, vivía permanentemente cansada. Es por eso que, aquella tarde, al llegar a casa, no me extrañó encontrarla durmiendo en el sofá. Preparé la cena e intenté despertarla, pero lo único que obtuve fue una sarta de exabruptos que preferí ignorar.
            A partir de entonces hubo muchos otros intentos, si bien es cierto que, a medida que el tiempo pasaba, mis métodos tendían a ser más radicales: de las caricias, los susurros y las cosquillas, pasé a taparle la nariz, darle fuertes meneos o gritar hasta quedarme afónico. Nada la despertó.
Cuando la desesperación se convirtió en angustia, hice pasar por aquel sofá a varios médicos que, sin excepción, dictaminaron que se trataba de un caso de agotamiento extremo. Nada que una buena cura de sueño no pudiera remediar.
Tuve, poco a poco, que aprender a convivir con aquella nueva mujer, más silenciosa y menos divertida, pero no por eso quise renunciar a todos nuestros planes.
Los días pasan rápido. Demasiado. Cuatro años ya.
Ahora mi única esperanza es que no tarde mucho más tiempo en despertarse porque soy incapaz de decidirme por un nombre y el niño ya está a punto de empezar a andar.



Finalista en el concurso de microrrelatos "Un sofá es algo más que un sitio donde sentarse" convocado por Sofás Fama.