viernes, 27 de diciembre de 2013

Postdata


Mi amor:

  Hace ya dos meses que te fuiste de casa y sigo esperando que vuelvas. Cada día se me hace más dura tu ausencia, sabiendo, sobre todo, que esta vez no volverás, que definitivamente te has ido de mi lado dejando un tremendo vacío en mi vida.

  Si tuviera que valorar nuestra relación podría decir con la voz bien alta que fui feliz, que gracias a ti, mi vida se llenó de color, de miles de colores, de nuevos sabores y olores, los de tu piel y tu pelo, esos que todavía permanecen en casa, agazapados entre las sábanas y los armarios, dispuestos a sorprenderme en cualquier momento, cogiéndome siempre desprevenida y con la guardia baja, para, así, sacudirme y despertarme de esto que parece un mal sueño. Son eso que tú llamabas "bofetadas de realidad". Pues bien, Mario, ya he conocido el significado de la frase, aunque hubiera preferido no tener que aprenderlo a través de ti.

  Cada día al terminar de trabajar vuelvo a casa creyendo que te encontraré aquí de nuevo, sentado en tu despacho, leyendo o escribiendo, con el pelo revuelto y con la patilla de tus gafas en la boca, esas que te hacen parecer un niño bueno cuando te las pones. Pero siempre pasa lo mismo: giro la llave de la puerta y lo único que sale a recibirme es un estremecedor silencio al que inmediatamente tengo que hacerle frente, bien sea con la radio o con la televisión, para no terminar derrumbándome, como ya es frecuente que pase. En el trabajo me han dicho que puedo tomarme los días que necesite, imagina cómo me verán, pero yo no quiero, me da pánico estar sola.

  No te guardo ningún rencor porque sé que si hubieras podido elegir, sin duda te habrías quedado junto a mí. Tengo un sueño que se repite cada noche: sueño que estoy acostada en la cama y vienes a darme un beso, ese que no recibí el día que te marchaste. Te acercas despacio, besas mi mejilla y me susurras al oído: "Adiós princesa". Pero justo cuando voy a incorporarme para pedirte que no me dejes, tú te conviertes en él, en el hombre uniformado que aquel día llamó a nuestra puerta para decirme que ya no volverías, que tu viaje de negocios y, en definitiva, nuestro viaje juntos, había terminado en la mediana de aquella autopista.

                                                                Siempre tuya,

                                                                             

                                                          Tu princesa.

Carta seleccionada como finalista y publicada dentro del libro "Retales Literarios 2013".

sábado, 21 de diciembre de 2013

Bienvenido a la ciudad

Ya se imaginará usted que una ciudad como esta oculta multitud de misterios entre sus murallas y ya que lo pregunta, y aunque a mí no me guste hablar de más, le diré que aquella noche la pasé en vela a cuenta de los gimoteos del perro de la vecina. Estuvo arañando la puerta de la casa hasta que a la mañana siguiente, cuando llegó la policía y la ambulancia, se esfumó. Cuentan que el animal enloqueció al descubrir el cadáver de su dueña. No es que yo haga mucho caso de los chismorreos, pero sí puedo decirle que desde entonces el chucho vaga por los alrededores como alma en pena. Es más, la señora María asegura que esa fiera no se separa de uno de los dedos de su ama, que ella lo ha visto con sus propios ojos, oiga. De todas formas, y ya que lo pregunta, le diré que éste es uno de los barrios más tranquilos de toda Ávila y que estaremos encantados de tener a alguien como usted de vecino.
 
Microrrelato seleccionado por el jurado para su publicación en el I Concurso de Microrrelatos Avil@bierta.

jueves, 5 de diciembre de 2013

El anillo

Tras pedir en recepción que no me pasen ni una sola llamada hasta el día siguiente, subo a la habitación. Nada más entrar siento cómo el anillo me quema en el dedo. Parece como si al cruzar el umbral de la puerta, se hubiera hecho más pequeño de repente. Intento girarlo, pero parece fundido al dedo. No se mueve. Yo tampoco. Me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración cuando escucho el frenético bombeo de mi corazón. Me aflojo el nudo de la corbata para obtener algo más de aire. Por un momento, la única luz proveniente de la lamparita de noche, consigue serenarme algo.  A través de la puerta que conduce al cuarto de baño, se cuela el sonido del agua corriendo, que, a su vez, se mezcla con una voz femenina tarareando una irreconocible melodía.
Vuelvo a intentarlo y esta vez, en lugar de girar el anillo, procuro deslizarlo. Así consigo hacerlo llegar hasta el nudillo. Sin embargo de ahí no pasa. Lo hago  varias veces sin éxito. Noto cómo el sudor comienza a formar un cerco bajo mis axilas. No necesito mirar para saber que, a estas alturas, ya habrá dos incómodas manchas allí debajo. Me llevo el dedo a la boca y recubro de saliva la alianza. Varias veces. Una vez empapado el dedo, retomo la batalla. Nada. El anillo forma ya parte de mí. Es más, creo haberme convertido en una extensión del maldito anillo. Me acerco hasta la cama, donde me siento. El tacto de las sábanas me resulta muy agradable, aunque no puedo evitar pensar si realmente estarán limpias. Tras un par de profundas inspiraciones, vuelvo a la carga. Lo giro, poco a poco, y con esos mismos movimientos circulares, voy acercando el anillo hacia el final del dedo. El nudillo vuelve a hacer tope. No me doy por vencido. Acumulo saliva en  la boca y deslizo el dedo dentro. Con la ayuda de los dientes tiro de la alianza. De forma suave, al principio. Ahora con toda mi rabia. Tomo aire y reanudo la lucha. Esta vez parece que sí. Tras varios tirones el anillo, por fin, cede. Ya está. Soy libre. Es justo entonces cuando ella sale del cuarto de baño. Mantengo el anillo oculto en la boca. Ella me mira sonriente, enfundada en un picardías rojo mientras termina de pintarse los labios de ese mismo color. Allí, en mitad de la habitación, y encaramada sobre unos vertiginosos tacones, me hace sentir pequeño, casi diminuto. Rompo de nuevo a sudar y noto varias gotas deslizándose sobre mi nariz.
-Tranquilo, mi amor, todo va a ir bien. ¿Estás nervioso, verdad? ¿Es la primera vez? ¿Sí? No te preocupes. Esta mamita va a hacer que te olvides de todo durante un buen rato. Vamos a pasarlo muy bien. Pero primero vamos a la ducha, cariño, para que una vez  limpito yo pueda relamerte de arriba hasta abajo.
Antes de poder hablar, incluso mucho antes de poder pensar en nada, noto el anillo bajando por mi garganta, rasgándola, arañándola. A ver qué le cuento a mi mujer, pienso, mientras comienzo a desvestirme.