martes, 4 de noviembre de 2014

En el gimnasio

El cuadrado es un círculo musculado.





Mención especial del jurado en el I Concurso de Greguerías Contemporáneas convocado por el Club de Escritura Fuentetaja.

Dulces sueños


Hoy hace tres años de mi encierro. Me marea pensar lo deprisa que transcurre el tiempo, incluso cuando una solo se dedica a verlo pasar. Agorafobia, dictaminó la psiquiatra, después de varios ataques de pánico en mitad de la calle. Tras el diagnóstico me rebelé, pero pasados algunos intentos, todos ellos infructuosos, por volver a salir, decidí permanecer en casa, el único lugar del mundo en el que me siento a salvo. Dentro de la vorágine que supone esta enfermedad, los primeros meses fueron, sin duda, los más llevaderos. Recibía visitas a menudo, constantes llamadas y mis requerimientos eran satisfechos con más o menos rapidez por la mayoría de mis conocidos. Sin embargo, la paciencia es una cualidad de duración finita y hoy por hoy, pasan semanas sin que nadie pise mi casa. El teléfono también hace ya mucho tiempo que dejó de sonar.

Durante el día paso las horas sentada frente al televisor, esperando la llegada de algún milagro o de un rayo mágico capaz de reiniciar mi cerebro para dejarlo tal y como estaba hace tres años. Algunas veces como de forma constante, compulsiva, con el fin de que las horas duren menos. En otras ocasiones me olvido de hacerlo y paso dos o tres días sin probar bocado. A cambio, lo que intento es ahogarme dentro de cualquier botella de güisqui, ginebra, vodka, qué más da. Es un alivio vivir en la era internet, desde donde puedo conseguir casi cualquier cosa sin salir de mi refugio. De haber nacido hace cincuenta años, probablemente ya hubiera muerto de inanición. Esto es algo que pienso de vez cuando. Me pregunto qué pasaría si se declarara un incendio en casa, ¿sería más fuerte mi instinto de supervivencia o ganaría la batalla mi agorafobia, impidiéndome salir a la calle? El tiempo libre es lo que tiene, que da para pensar muchas tonterías que no llevan a ninguna parte.

El mejor momento del día, sin duda, es la noche. Cuando me acuesto y consigo dormir, puedo soñar. No gasto demasiada energía al cabo del día, así que hay muchas noches que las paso en vela, sacando las faltas al techo, pero cuando consigo una tregua, la mayoría de las veces con ayuda de alguna minúscula y efectiva pastilla, y puedo dormir, mi vida se transforma. A través de mis sueños consigo ser libre por unas horas. Puedo salir de aquí, perder de vista estas horribles paredes. Puedo pasear por la calle, recorrer los parques, respirar, sentir el aire en mi rostro, vivir una vida, en definitiva.

Hace ya algunos meses que sueño con él. No sé su nombre, aún no me lo ha dicho, y su cara no llego a distinguirla del todo, pero me hace tan feliz encontrarme con él. Creo que le gusto, en mis sueños peso la mitad que en la realidad y me siento mucho más atractiva. Mi pelo vuelve a brillar y el color ceniciento de mi cara ha desaparecido. Él me coge de la mano mientras paseamos, me acaricia de manera muy dulce y, en ocasiones, hacemos el amor. La semana pasada lo hicimos sobre la hierba húmeda de un parque y juro que fui capaz de sentir cómo se mojaba mi trasero. Hace unos días me pidió que me fugara con él. Me aseguró que yo solo sería feliz a su lado y que no tenía sentido esperar más. Creo que esa noche por fin  ha llegado. Tengo todo preparado para partir: el bote de somníferos descansa sobre la mesilla y en el suelo, a los pies de mi cama, espera una botella de güisqui. Me muero de ganas por volver a ser libre otra vez.

miércoles, 30 de julio de 2014

Un nuevo caso


El día se presentaba realmente duro para el detective Ricardo Terroso. La resaca le estaba partiendo en dos y para colmo no conseguía encontrar su preciado Zippo. Doce años llevaba encendiendo todos sus cigarrillos con aquel maldito mechero que ahora no aparecía. Iba ya por la enésima vuelta a su despacho cuando su ayudante irrumpió en él. Aquel novato sabelotodo conseguía sacarlo de quicio con su mera presencia.

-Señor, tenemos un nuevo caso –anunció-. Se trata de una prostituta, la tercera en lo que va de mes. El cuerpo ha aparec…

-Está bien – le interrumpió-. Cállate ya si no quieres que me explote la cabeza ahora mismo.

Veinte minutos más tarde al detective Terroso no le impactó ver el cuerpo mutilado de la mujer, ni siquiera el enorme charco de sangre sobre el que se encontraba. Lo que de verdad le hizo sentir vértigo fue descubrir su mechero bajo aquella desvencijada cama.

 

Microrrelato finalista en el II Concurso de Microrrelatos de Novela Negra ArtGerust, que será publicado en una antología.

viernes, 11 de julio de 2014

A salvo


Marina le hace sentir bien. Ella tiene el don de encontrar las palabras adecuadas, esas que le susurra al oído cada vez que hacen el amor, palabras que le excitan y le ayudan a olvidar su miserable existencia durante un breve lapso de tiempo. Marina es como el buen vino, su sabor permanece en el paladar tiempo después de haberlo saboreado. Ella representa su refugio, allí está a salvo de cualquier problema, alejado de su propia realidad. La costumbre le lleva a visitarla una vez al mes, pero los minutos pasan rápido y ya solo dispone de diez. Suficientes para despedirse y dejar el dinero sobre la mesita de noche, antes de salir de la habitación.

viernes, 23 de mayo de 2014

La gente es buena


Ayer estuve en Pamplona, en el barrio de la Txantrea; el de los Barricada, me dice Raúl, y a mí me da la risa (nerviosa). Hace quince días recibí una llamada para comunicarme que había sido la ganadora del IX Certamen Literario Sagrario Resano en la modalidad de castellano y estas dos últimas semanas las he vivido inmersa en un constante estado de nervios. Ayer tuvo lugar la entrega de premios y, claro, estaba invitada. David, el chico de la asociación cultural con el que hablé, me dio todo tipo de facilidades desde el primer momento. Si quería, podía ir, ellos encantados de recibirme; si no iba, también lo entendían. Si iba y quería decir algo, perfecto y si no abría la boca tampoco pasaba nada. El caso es que a mí el corazoncito me pedía a gritos ir y hablar y dar las gracias y decir que estaba encantada y feliz, pero mi cerebro me mandaba señales contradictorias en forma de angustia permanente. En ningún momento dudé la respuesta (¡claro que iría!) porque no estaba dispuesta a perderme mi primera entrega de premios, el problema surgía ante la posibilidad de hablar o no. ¿Y por qué este miedo irracional a la gente? Y no, no hablo de maripositas en el estómago, no hablo de “ay, que nerviosa me pongo”, estoy hablando de auténtico terror, de temblores incontrolables y de taquicardias, de querer que un rayo impacte sobre mi cabeza y me reduzca a cenizas antes de que el chico que está presentando el acto me haga una señal para que yo salga a decir unas palabras. Pero no ocurre, lo del rayo. Y sí, el chico me hace una señal y yo salgo, subo a la tarima, me pongo tras un atril y coloco sobre él un papelito manoseado que he escrito esa misma mañana y lo he repetido mil y una veces frente al espejo de mi habitación. Levanto la vista un segundo y veo a un montón de desconocidos, todos con sus dos ojitos sobre mí. Y siento el peso de todas esas miradas y me hago muy pequeña. Sonrío, o eso intento, y entonces balbuceo esas cuatro frases que llevo escritas, pero que no me hace falta leer porque se me han grabado milagrosamente en el cerebro. Y después vuelvo a mi asiento. Fin del tormento. Ahora me queda lo mejor.

Termina el acto y en un momento me veo rodeada de gente que me da la enhorabuena, que me besa, que me dice que mi relato les ha encantado, gente a la que yo jamás he visto antes y que probablemente no vuelva a ver, y todos me sonríen. Los hay que me dicen que ellos también se ponen muy nerviosos cuando tienen que hablar en público y yo solo puedo decir “gracias” una y otra vez, aunque no estoy segura de que ellos entiendan realmente todo lo que quiero transmitirles con esa única palabra que se queda tan corta en este caso.

Echo la vista atrás y en mi vida no hay ningún episodio que pueda darme la clave para entender este pánico. Lo que quiero decir es que nunca un grupo de desconocidos me ha dado una paliza o me ha ridiculizado. Nunca me han hecho el vacío en un grupo al que acabara de llegar y pese a no ser la persona más extrovertida del mundo, suelo integrarme bien aunque me lleve algo de tiempo. Vamos, que a mí las personas me gustan a poquitos, de una en una mejor, porque cuando ya hay un grupo considerable me bloqueo. Recuerdo cuando en la universidad el profesor de Antropología nos dijo que el examen constaba de dos partes: una escrita y otra oral, que consistía en exponer un tema delante de toda clase. Pues bien, yo decidí ese mismo día que no me presentaría al examen y que dejaría la asignatura pendiente hasta septiembre porque entonces solo habría un examen escrito. Así de sencillo y de patético. Y me acuerdo mucho también de mi amiga Nazareth Amili, que siempre decía: Total, ¿para qué vamos a ir si les vamos a caer fatal?

 

Ahora, aunque el miedo sigue siendo el mismo, no quiero perderme momentos como el ayer.

miércoles, 30 de abril de 2014

Tarde de septiembre


Aunque había sido un día de lo más caluroso, aquella tarde de finales de septiembre, al salir del despacho, comprobé que había refrescado bastante. Aun así decidí acercarme hasta el parque. Últimamente el trabajo en el bufete me resultaba de lo más estresante, creo que me afectaba demasiado ver ante mí a toda esa gente desencajada buscando que yo les salvara la vida. Pasear me ayudaría a desprenderme de todo lo negativo de las últimas horas. Inmersa en mi propia burbuja, tardé un tiempo en reparar en la anciana que permanecía sentada en un banco mientras yo rodeaba a buen ritmo el parque una y otra vez. Tal vez fue a la quinta o sexta vuelta cuando me fijé en ella. Tenía el pelo cano, el rostro marcado por cientos de arrugas y la mirada completamente perdida. Me senté en otro banco, enfrente, a pocos metros de distancia y pasé un buen rato mirándola. La mujer apenas se movía, aunque a ratos parecía estar hablando consigo misma e incluso varias veces la vi sonreír. Estaba claro que disfrutaba con sus propios pensamientos, ensimismada en ellos como estaba.

No podría decir con exactitud el tiempo que estuve observándola, pero cuando el sol empezó a esconderse, un impulso me llevó junto a ella. A medida que me acercaba, una especie de ternura incontrolable empezaba a adueñarse de mí, tal vez por los recuerdos que aquella anciana me despertaba. Me senté a su lado.

-¿Se encuentra bien?- pregunté.

Ella dirigió su mirada hacia mí y con gesto triste contestó:

-¿Ha visto usted a mi mamá? Creo que me he perdido y ella seguramente esté preocupada…

Fue un acto reflejo, no lo pensé ni un instante, tan sólo la cogí de la mano y la traje a casa. Han pasado ya dos meses desde aquella tarde en la que volví a convertirme en nieta y me rompe el corazón que nadie la haya echado de menos. Todos los días rebusco entre las páginas de los periódicos a la caza de una referencia, por pequeña que ésta sea, sobre la desaparición de la anciana y he de admitir que siempre siento un cierto alivio al no encontrar nada. Deseo que se quede conmigo para siempre.

Relato seleccionado para su publicación en la Antología del I Concurso de Narrativa "Deseos" convocado por Letras con Arte

jueves, 24 de abril de 2014

Anuncio por palabras

 

Aquel anuncio en el periódico, escrito con grandes letras negras, atrajo toda mi atención.

“Busco cuarto piso todo interior, treinta metros cuadrados, sin calefacción ni ascensor. Cambio por riñón en perfecto estado. Ayer el banco me pedía los dos.”

-¡Jodida crisis!- exclamé, mientras anotaba el teléfono en una servilleta.
 

 
 
Relato ganador del II Concurso Literario "Sea Breve Mobile World Centre" en la categoría de Historia Corta.
 

viernes, 18 de abril de 2014

Por una vida mejor


                                                                    8    9     10 Marzo 2014

Querida Maite,                                                                                          

Ni siquiera sé qué día es. El tiempo dentro de estas cuatro paredes parece no avanzar nunca.

Me olvidé decir “lo siento”, por eso te escribo. Siento mucho lo del atraco, Maite, de verdad, pero quiero que sepas que lo hice por ti. Andábamos tan mal de pasta que no lo pensé demasiado. Además, tú te mereces lo mejor. No soportaba pensar que algún día podría faltarte algo…

Aquí la comida no es del todo mala, pero aún así echo mucho de menos tus garbanzos y la paella de pescado que hacías todos los domingos. ¿La sigues haciendo, Maite? Solo de imaginarla ya se me hace la boca agua.

Te parecerá mentira, pero he comenzado a estudiar. Yo, que desde que iba al colegio no había vuelto a coger un libro, pero es que necesito llenar las horas del día aquí dentro o acabaré volviéndome loco. Tal vez le coja gusto y al final consiga llegar a ser abogado o notario para poder darte una vida mejor.

Te amo con locura.
                                                                                                     Armando


PD: Ven a verme, por favor. Hace ya tres meses que no sé nada de ti.                
Carta seleccionada para su publicación en la Antología del I Concurso de Cartas Breves "Me olvidé decir..." convocado por Letras con Arte.

martes, 8 de abril de 2014

Carta de amor


Mi estimado Emilio,

 Tenga usted a bien leer esta misiva hasta el final, antes de hacerse una idea equivocada de mis propósitos, si bien no son otros que expresarle mi eterna gratitud por los magníficos momentos pasados junto a su persona y el exquisito trato con el que ha llevado mi caso.

Como bien recordará, fue hace un par de meses cuando acudí a su despacho, por recomendación de una amiga en común, para que pudiera tramitar mi divorcio. Tuvo usted a bien recibirme al momento y yo no sé, pero fue cruzar esa puerta y mi vida cambió. Y no lo digo por lo de la ruptura de mi relación, puesto que tal cosa hacía tiempo que ya no tenía remedio y tan solo se trataba de formalizar legalmente la situación. No, de lo que le hablo es de algo que va más allá de mi entendimiento. Lo que yo sentí nada más verle es que ya nos conocíamos, que ambos ya habíamos coincidido en vaya usted a saber qué momento, instante o vida pasada. Y créame si le digo que en temas religiosos soy una persona absolutamente escéptica. Pero lo vi y lo supe, como una revelación, como cuando bien entrada la mañana, el sueño tenido durante la noche se hace presente en la memoria. Así, sin más, de repente y sin motivo racional alguno. No sé si me entiende. Mejor aún, no sé si llego a explicarme de manera correcta.

El caso es que con el paso de los días y las constantes visitas, -permítame confesarle que más de una fue con absurdas excusas con el único fin de volver a verle-, la sensación de familiaridad fue en aumento y era, al abandonar su despacho, cuando me asaltaba un ingrato sentimiento de desolación y abandono. La angustia acechaba en el fondo de mi estómago haciendo que las horas siguientes carecieran de cualquier sentido. Así, me descubría pensando en usted de forma constante, suspirando como pocas veces me ocurriera antes e ideando nuevos y extraños pretextos para volver junto a usted. Supongo que ahora le irán encajando ya las piezas de este puzle de locos porque seguro que, en algún momento, llegó a pensar que yo estaba perdiendo la cabeza a causa de mi inminente divorcio. Pero no, por quien yo perdía la cabeza, y en ocasiones hasta el aliento, era por usted, mi adorado Emilio.

También le diré que tras estas letras no hay mayores pretensiones que las de declararle mi amor y nada más lejos que las de pedirle a usted ninguna otra cosa. Ahora bien, si por extrañas carambolas del destino, usted hubiera sentido algo similar hacia mi persona, sepa que sabré hacerle feliz como nunca nadie pretendió.

Usted ya dispone de mi teléfono, de manera que una llamada será suficiente para hacerme correr a sus brazos. Entenderé también que esta historia quiera llevarla en la más absoluta discreción y sepa que por mí no habrá ningún problema.

 

Un afectuoso abrazo,

                                                                                            

                                                                         Samuel Blanes 
 
 
 

sábado, 22 de febrero de 2014

Instrucciones


Estaba deleitándome con un vino de Navarra cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo: es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo.

-¿Cuál es el problema, Elvira?- dije en un  tono hastiado.

-¿Qué narices es esto, Bárbara? ¿Puedes explicarme qué es esta carta exactamente?

-Bueno, no es una carta, sino unas pequeñas instrucciones, creo que lo pone bien clarito. Además, la idea es que encontraras la botella mañana, no esta noche.

-Pero, pero…

-Mira, Elvira, no quería ser cruel, solo pretendía que nos dejaras disfrutar durante el fin de semana a los dos solos. Ya sabes, sin interrupciones, sin llamaditas, sin falsas alarmas, sin sustos a deshoras. Entiéndelo, mujer, es nuestro aniversario.

Mi marido me miraba con los ojos fuera de las órbitas y la boca abierta. Una imagen que esperaba que no se quedase impresa en mi cerebro durante mucho tiempo.

-Bárbara, una sola cosa te digo, ojalá no me pase nada durante estos dos días porque estoy segura de que no te gustaría cargar con ninguna desgracia sobre tu conciencia.

Y colgó

-Tu madre es una dramas- comencé a explicarle a mi marido-. Ayer le escribí un puñado de recomendaciones en un folio y lo metí en una botella vacía, con la idea de que lo viera al ir a tirar el vidrio. Lo hice por si le pasaba algo de lo que siempre le ocurre cuando decidimos irnos fuera de la ciudad. No escribí nada extraño, solo que si le duele algo se tome un paracetamol, que si le sigue doliendo llame a urgencias, que no se suba a una escalera para limpiar ninguna lámpara al menos hasta el lunes, que no deje ningún grifo abierto ni la comida en el fuego si sale de casa y que no nos llame bajo ningún concepto durante dos días. Ya sabes, amor, que yo no tengo nada contra tu madre, pero sí contra su manía de aguarnos la fiesta. Anda, cierra ya la boca y sírveme otro vino, por favor.

lunes, 13 de enero de 2014

Los cuentos de siempre


Me adentré en el bosque, una tarde más, ataviada con mi ajada capa roja. Seguí el camino, el de siempre, tarareando la consabida cancioncilla. Pasado el primer claro, apareció el maldito lobo feroz. Parecía cansado, más que de costumbre, y sus profundas ojeras así lo atestiguaban. Yo también lo estaba. Cansada y harta de las continuas humillaciones sufridas a lo largo de los años. Aquel día solo buscaba una sola cosa: venganza. Así es que, antes de que el lobo abriera su bocaza para preguntarme lo de siempre, saqué el revólver de mi cestita y vacié el cargador sobre su barriga. Después, corrí.

jueves, 9 de enero de 2014

El traje


La proximidad de la navidad le hacía sentir mal porque invitaba a realizar un examen de conciencia del que pocas veces salía bien parado. La interminable lista de buenos propósitos que cada enero se afanaba en confeccionar, resultaba inútil apenas un par de meses después. Ahora, sin embargo, no había tiempo para lamentaciones. Repasó todos los preparativos y cayó en la cuenta de que no recordaba dónde había puesto el tique de la tintorería. Intentó hacer memoria mientras rebuscaba por toda la casa el maldito papel. ¿Dónde lo habría puesto? Abrió el armario y, traje por traje, miró en todos los bolsillos sin resultado. Cruzó los dedos y sacó la ropa húmeda de la lavadora para comprobar que tampoco estaba allí. Tras unos angustiosos minutos, encontró el resguardo bajo el mueble del pasillo, escondido, como queriéndose burlar de él. Demasiadas emociones para un solo día, se dijo justo cuando el teléfono comenzaba a sonar. De mala gana descolgó y escuchó al otro lado la voz de su ayudante: “Santa, todo listo, mañana a estas horas comenzaremos el reparto. Los regalos ya están empaquetados y cargados en el trineo. No olvides recoger tu traje en la tintorería. Que descanses”.

martes, 7 de enero de 2014

Casanova


Cómo pasa el tiempo, murmura Sebastián frente al espejo, mientras observa unas nuevas arrugas alrededor de sus ojos. Su lista de amantes a lo largo de estos años parece infinita, pero el tiempo no pasa en balde y, ahora ya, se encuentra sin fuerzas suficientes para enamorar a ninguna otra mujer. Demasiado tiempo embaucando lindas mujeres, haciéndolas creer que su amor sería eterno, que permanecería por siempre junto a cada una de ellas; y eso hacía, sí, hasta que en el camino aparecía una más y con ella se evaporaban todas las antiguas promesas de amor.

Pero ahora, en unos minutos, se producirá su última cita. Sebastián se afeita con sumo esmero y se perfuma. Se viste con un elegante traje gris comprado para la ocasión, se anuda al cuello su corbata favorita y se dirige a la azotea del edificio. Cuando llega a la cita, ella ya está allí esperando. Siempre tan puntual. Sebastián se encarama al muro y, antes de saltar, saluda con una leve inclinación de cabeza a la bella dama de la guadaña.

Relato ganador en el X Certamen Literario de "El ballet de las palabras".