miércoles, 27 de noviembre de 2013

Un gran festín


Gracias a sus diez años de profesión, Tomás fue capaz, en pocos minutos, de saber que aquel individuo se había dado un gran festín apenas unas horas antes. Carne en salsa, tal vez corzo; algunas piezas de fruta, puede que en almíbar; frutos secos, pistachos quizá; pescado crudo; y todo ello regado con una cantidad considerable de líquido, vino tinto aparentemente. En cualquier caso, y pese a su veteranía, la parte en la que diseccionaba el estómago de los cadáveres que llegaban a sus manos, seguía resultándole la más desagradable de su labor como forense.
 

domingo, 10 de noviembre de 2013

Infiel


Cada mañana, mientras tú aún duermes, cojo la ropa del día anterior, esa que nunca te viene bien recoger por la noche y la acerco hasta mi nariz para olisquearla una y otra vez, primero del derecho, luego del revés. Una, dos, tres y hasta cuatro veces. De forma compulsiva, de manera obsesiva, siete días a la semana, en busca de cabellos, perfumes o carmines acusadores, a la caza de recibos incriminatorios olvidados en el bolsillo interior de tu chaqueta. Cansada ya, al cabo de los años, no me queda más remedio que inventarme una aventura, al no darme tú otra excusa mejor para poder abandonarte.

 Relato seleccionado para su publicación dentro de la VII Antología del Premio Orola de Vivencias

El síndrome enciclocémilo


El primer caso que se manifestó mantuvo en vilo a toda la comunidad científica durante varios meses. El sujeto en cuestión presentaba unos síntomas realmente curiosos no descubiertos en individuo alguno hasta la fecha. Sus dedos pulgares mostraban un desproporcionado desarrollo, alcanzando un tamaño tres veces superior al habitual, eso sin mencionar la desaparición total de sus huellas dactilares o la sensible merma diaria de su masa cerebral. El paciente a estudiar, además, mostraba una incontrolable repulsa hacia todo tipo de libros, cuadros y manifestaciones artísticas de diversa índole. La sola mención de vocablos tales como soliloquio, genuflexión o grandilocuente hacían que su cuerpo convulsionara durante más de quince minutos seguidos. Lo mismo ocurría si se le mostraban imágenes de obras tales como La maja desnuda, El grito o Construcción blanda con judías hervidas. Crítico fue el día en el que le acercamos un volumen de En busca del tiempo perdido, aunque no tan grave como en el que aquella investigadora venida desde Canadá intentó leerle un fragmento elegido aleatoriamente de Rayuela. Esta primera investigación llegó a su fin cuando el paciente, sin ningún tipo de aviso, abrió la boca y sus propias palabras se lo tragaron.