viernes, 3 de agosto de 2012

Seamos insolentes

Seis de la mañana. Suena el despertador y por mi cabeza pasan cientos de excusas posibles para no ir a trabajar. Maldigo una y mil veces a mi madre por parirme con este extremado sentido de la responsabilidad y me arrastro de la cama a la ducha. Consigo deshacerme de las legañas, pero no de la espesura mental que me acompañará casi hasta el mediodía. Tal vez el primer café del día pueda ayudarme. Me visto apresuradamente, cojo el bolso y salgo a la calle dispuesta a vivir un apasionante nuevo día dedicado a la limpieza de distintos inmuebles por un miserable sueldo, que me permitirá llegar tranquila hasta el décimo día del mes aproximadamente. Pero a veces la vida tiene sus puntos y de camino a la parada del autobús mis ojos se topan con la noticia del día: un juez cualquiera considera que llamar "zorra" a una mujer no es un insulto. No puedo evitar soltar una sonora carcajada, salida desde lo más profundo de mi garganta. "Está bien", me digo. "Si soy capaz de soportar jornada tras jornada, el constante bombardeo sobre cómo debo ser y cómo tengo que comportarme por ser mujer, no por esto el sufrimiento va a ser mayor". He alcanzado los 46 dentro de una talla 44, soltera, sin hijos y con trabajo poco poético, así que podré con esto. Hace frío, acelero el paso, no quiero perder el autobús que me llevará directa al paraíso nuevamente y pienso: "Sonríe, guapa, en doce horas volverás a estar en casa".


    Relato publicado en el libro electrónico Seamos insolentes
    Ediciones Destino S.A. 2011
    Noviembre 2011
    ISBN 978-84-233-1969-5 (epub)



Punto final

Mientras el sol le da en la cara y el viento le despeina; Julián echa la vista hacia atrás. Parece mentira que la vida tenga estos giros rocambolescos y de tan mal gusto, porque, hace seis meses, él era relativamente feliz. Susana todavía le amaba o, al menos, eso es lo que le hacía creer. Pobre ignorante. La adoraba, hasta que vio todo su amor desparramado sobre su propia cama de matrimonio, entremezclado con los fluidos corporales de su amada y uno de sus mejores amigos. Abrió la puerta del dormitorio y allí lo vio, espachurrado entre los dos cuerpos desnudos, intentando zafarse de entre las sábanas. Y ya no pudo rescatarlo, ni tan siquiera tras los cientos de excusas ni las miles de lágrimas derramadas por ella. Porque él no lloró, la rabia alojada en cada centímetro de su alma se lo impedía y hasta era capaz de percibir cómo el rencor le obstruía los lacrimales. Borrón y cuenta nueva, se dijo, pero la tinta del bolígrafo de su vida debió de agotarse en aquel preciso instante. Todo se vino abajo. Su historia, tantas veces ya vivida en su mente, dejó de seguir el guión que tantos años llevaba confeccionando. Cuántas veces había imaginado llegar a su actual edad llevando una vida perfecta. Casado, con un trabajo estable, una bonita casa decorada por el más afamado profesional del sector, tal vez un hijo o puede que dos. Y es que a los nacidos bajo el signo de virgo no les gustan los sobresaltos ni los giros inesperados de los acontecimientos. Por eso, Julián se mantuvo siempre fiel a la historia prefabricada en su mente. A los veinticinco llevó hasta el altar a Susana, su novia desde los quince, absolutamente incapaz de imaginar que aquellos votos de fidelidad que ella le hizo, se iban a ver rotos doce años más tarde.
Y allí estaba él, en la terraza de su adorado ático, completamente desencajado, preguntándose qué era aquello que tan mal había hecho para ver su vida desmoronada, todos sus planes tirados por el suelo, destrozados los esquemas de su ordenada existencia. Porque su ruptura sentimental no había sido el último de sus males, sino que, tras meses de deambular por una sucesión de días, que se le antojaban igual de feos y grises todos ellos, su jefe le había llamado a su despacho esa misma mañana. "Julián, entiendo que estés pasando una mala racha, pero tu rendimiento ha caído en picado y la empresa se ve obligada a prescindir de tus servicios". Y así, sin vaselina, sin contemplaciones y sin ningún tipo de miramientos, su jefe lo había puesto en la calle. Aquello colmó el vaso e hizo que perdiera los estribos. Ahora, con la mente a temperatura ambiente, apenas recordaba la sarta de improperios que habían salido de su boca, la cantidad de blasfemias vertidas en aquel oscuro despacho, el mismo que momentos antes todavía era capaz de infundirle algún tipo de respeto. Todo se venía abajo, una y otra vez. Era como volver a la casilla de salida y ya no tenía fuerzas para seguir, no tenía nada  a lo que aferrarse, ni una sola cosa por la que luchar. En un momento su mundo se había acabado. El fin del mundo, de su mundo, había llegado.
Julián no lo pensó dos veces porque si lo hubiera hecho, esta historia no llegaría todavía a su fin. El hombre derrotado, utilizó su último ápice de fuerza para encaramarse al muro de su terraza y dar el último paso hacia el vacío.

    Relato publicado dentro de la antología S.O.S 2012
    por La Cesta de las Palabras
    Septiembre 2012
    ISBN 978-84-939034-9-7
   Depósito Legal AS-2104-2012

Me quiere, no me quiere

¡Qué bonito y fácil era el amor en aquella época en la que éste sólo dependía de una margarita!

    Texto seleccionado por el jurado en el VI Certamen de Relatos Hiperbreves convocado por la Universidad Popular de Talarrubias (Badajoz). Mayo 2012.

jueves, 2 de agosto de 2012

Nuevas palabras

A sus siete años Samuel adora las palabras. Cada día intenta aprender alguna nueva y hoy ya ha elegido una.
-Mamá, ¿cómo se escribe "crisis"?
-Ahora no, Samuel, los mayores estamos hablando de nuestras cosas.
En los últimos meses a Samuel ya no le prestan la misma atención. Sí, es pequeño, pero no tonto. Sabe que algo raro está pasando a su alrededor, aunque no consigue saber qué es aquello que tanto atormenta a sus padres. Papá sale todas las mañanas temprano de casa, pero el bocadillo envuelto en papel de plata que mamá siempre le preparaba, ha sido sustituido por una carpeta llena de folios, todos ellos iguales. A Samuel le hace una gracia tremenda ver la foto de papá impresa en cada una de esas hojas.
La hora de la comida también es distinta desde hace algún tiempo. Ahora, en lugar de comer en casa, mamá y él hacen cola durante un buen rato frente a un comedor lleno de gente en el que no es posible elegir la clase de comida que a él le gusta. Nada de hamburguesas ni mucho menos de pizzas. Él intenta averiguar el motivo de tan drástico cambio, pero no se atreve a preguntar por miedo a entristecer más aún a su mamá. Ya casi no recuerda cómo era el sonido de su risa, hace tanto que no la oye. A cambio la descubre en cualquier momento llevándose las manos a la cara para intentar secar las lágrimas que caen por sus mejillas. Samuel ya no pregunta, simplemente la abraza con sus pequeños bracitos y le lanza besos al aire. "Cógelos, mamita, son para ti, te harán sentir mejor, seguro".
Por las noches nada mejora. Papá llega a casa exhausto "de patear la ciudad", dice, y entonces empieza una nueva discusión entre él y mamá. "¡Qué va a ser de nosotros!" o "¡Qué futuro le espera a nuestro hijo!", son algunos de los lamentos que Samuel escucha desde la oscuridad de su cuarto, rota sólo por un pequeño haz de luz proveniente de una vieja linterna con la que lee sus cuentos bajo las sábanas. Porque en casa ya no hay luz, sino multitud de velas colocadas por todos los rincones.
Samuel sabe, por el tono distinto de las voces de sus padres, que al día siguiente algo va a cambiar. No sabe lo que ocurrirá, pero, por si acaso, decide elegir ya una nueva palabra para su colección. Es una que últimamente escucha muy a menudo. No le preocupa su significado, pero desea fervientemente que esta vez mamá sí pueda explicarle cómo se escribe. Su palabra elegida será "desahucio", seguro que a mamá le encantará.


    Segundo premio en el XII Concurso de Relatos Cortos convocado por la Asociación de Amigos de Castrovido de Salas de los Infantes (Burgos). Julio 2012.

La oración

Victoria no sabe rezar, pero esa noche lo intenta. Reza a su manera. Cierra los ojos, aprieta los puños y pide en silencio. Pone toda su alma y su fuerza, la poca que ya le queda, en esas palabras que van tomando forma en su mente. Se dirige a un dios, a ese mismo que la abandonó al tercer año de su boda, el mismo que permitió que, el que creía que iba a ser el amor de su vida, se convirtiera en un monstruo. Susurra su plegaria mientras las lágrimas ruedan por sus mejillas. "Por favor, dios mío, no permitas que esta noche vuelva a pegarme". Victoria se acurruca en la cama temblando, se cubre con las sábanas hasta la cabeza y espera angustiada a que se escuche la llave entrando en la cerradura de la puerta.