viernes, 3 de agosto de 2012

Punto final

Mientras el sol le da en la cara y el viento le despeina; Julián echa la vista hacia atrás. Parece mentira que la vida tenga estos giros rocambolescos y de tan mal gusto, porque, hace seis meses, él era relativamente feliz. Susana todavía le amaba o, al menos, eso es lo que le hacía creer. Pobre ignorante. La adoraba, hasta que vio todo su amor desparramado sobre su propia cama de matrimonio, entremezclado con los fluidos corporales de su amada y uno de sus mejores amigos. Abrió la puerta del dormitorio y allí lo vio, espachurrado entre los dos cuerpos desnudos, intentando zafarse de entre las sábanas. Y ya no pudo rescatarlo, ni tan siquiera tras los cientos de excusas ni las miles de lágrimas derramadas por ella. Porque él no lloró, la rabia alojada en cada centímetro de su alma se lo impedía y hasta era capaz de percibir cómo el rencor le obstruía los lacrimales. Borrón y cuenta nueva, se dijo, pero la tinta del bolígrafo de su vida debió de agotarse en aquel preciso instante. Todo se vino abajo. Su historia, tantas veces ya vivida en su mente, dejó de seguir el guión que tantos años llevaba confeccionando. Cuántas veces había imaginado llegar a su actual edad llevando una vida perfecta. Casado, con un trabajo estable, una bonita casa decorada por el más afamado profesional del sector, tal vez un hijo o puede que dos. Y es que a los nacidos bajo el signo de virgo no les gustan los sobresaltos ni los giros inesperados de los acontecimientos. Por eso, Julián se mantuvo siempre fiel a la historia prefabricada en su mente. A los veinticinco llevó hasta el altar a Susana, su novia desde los quince, absolutamente incapaz de imaginar que aquellos votos de fidelidad que ella le hizo, se iban a ver rotos doce años más tarde.
Y allí estaba él, en la terraza de su adorado ático, completamente desencajado, preguntándose qué era aquello que tan mal había hecho para ver su vida desmoronada, todos sus planes tirados por el suelo, destrozados los esquemas de su ordenada existencia. Porque su ruptura sentimental no había sido el último de sus males, sino que, tras meses de deambular por una sucesión de días, que se le antojaban igual de feos y grises todos ellos, su jefe le había llamado a su despacho esa misma mañana. "Julián, entiendo que estés pasando una mala racha, pero tu rendimiento ha caído en picado y la empresa se ve obligada a prescindir de tus servicios". Y así, sin vaselina, sin contemplaciones y sin ningún tipo de miramientos, su jefe lo había puesto en la calle. Aquello colmó el vaso e hizo que perdiera los estribos. Ahora, con la mente a temperatura ambiente, apenas recordaba la sarta de improperios que habían salido de su boca, la cantidad de blasfemias vertidas en aquel oscuro despacho, el mismo que momentos antes todavía era capaz de infundirle algún tipo de respeto. Todo se venía abajo, una y otra vez. Era como volver a la casilla de salida y ya no tenía fuerzas para seguir, no tenía nada  a lo que aferrarse, ni una sola cosa por la que luchar. En un momento su mundo se había acabado. El fin del mundo, de su mundo, había llegado.
Julián no lo pensó dos veces porque si lo hubiera hecho, esta historia no llegaría todavía a su fin. El hombre derrotado, utilizó su último ápice de fuerza para encaramarse al muro de su terraza y dar el último paso hacia el vacío.

    Relato publicado dentro de la antología S.O.S 2012
    por La Cesta de las Palabras
    Septiembre 2012
    ISBN 978-84-939034-9-7
   Depósito Legal AS-2104-2012

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