miércoles, 30 de abril de 2014

Tarde de septiembre


Aunque había sido un día de lo más caluroso, aquella tarde de finales de septiembre, al salir del despacho, comprobé que había refrescado bastante. Aun así decidí acercarme hasta el parque. Últimamente el trabajo en el bufete me resultaba de lo más estresante, creo que me afectaba demasiado ver ante mí a toda esa gente desencajada buscando que yo les salvara la vida. Pasear me ayudaría a desprenderme de todo lo negativo de las últimas horas. Inmersa en mi propia burbuja, tardé un tiempo en reparar en la anciana que permanecía sentada en un banco mientras yo rodeaba a buen ritmo el parque una y otra vez. Tal vez fue a la quinta o sexta vuelta cuando me fijé en ella. Tenía el pelo cano, el rostro marcado por cientos de arrugas y la mirada completamente perdida. Me senté en otro banco, enfrente, a pocos metros de distancia y pasé un buen rato mirándola. La mujer apenas se movía, aunque a ratos parecía estar hablando consigo misma e incluso varias veces la vi sonreír. Estaba claro que disfrutaba con sus propios pensamientos, ensimismada en ellos como estaba.

No podría decir con exactitud el tiempo que estuve observándola, pero cuando el sol empezó a esconderse, un impulso me llevó junto a ella. A medida que me acercaba, una especie de ternura incontrolable empezaba a adueñarse de mí, tal vez por los recuerdos que aquella anciana me despertaba. Me senté a su lado.

-¿Se encuentra bien?- pregunté.

Ella dirigió su mirada hacia mí y con gesto triste contestó:

-¿Ha visto usted a mi mamá? Creo que me he perdido y ella seguramente esté preocupada…

Fue un acto reflejo, no lo pensé ni un instante, tan sólo la cogí de la mano y la traje a casa. Han pasado ya dos meses desde aquella tarde en la que volví a convertirme en nieta y me rompe el corazón que nadie la haya echado de menos. Todos los días rebusco entre las páginas de los periódicos a la caza de una referencia, por pequeña que ésta sea, sobre la desaparición de la anciana y he de admitir que siempre siento un cierto alivio al no encontrar nada. Deseo que se quede conmigo para siempre.

Relato seleccionado para su publicación en la Antología del I Concurso de Narrativa "Deseos" convocado por Letras con Arte

jueves, 24 de abril de 2014

Anuncio por palabras

 

Aquel anuncio en el periódico, escrito con grandes letras negras, atrajo toda mi atención.

“Busco cuarto piso todo interior, treinta metros cuadrados, sin calefacción ni ascensor. Cambio por riñón en perfecto estado. Ayer el banco me pedía los dos.”

-¡Jodida crisis!- exclamé, mientras anotaba el teléfono en una servilleta.
 

 
 
Relato ganador del II Concurso Literario "Sea Breve Mobile World Centre" en la categoría de Historia Corta.
 

viernes, 18 de abril de 2014

Por una vida mejor


                                                                    8    9     10 Marzo 2014

Querida Maite,                                                                                          

Ni siquiera sé qué día es. El tiempo dentro de estas cuatro paredes parece no avanzar nunca.

Me olvidé decir “lo siento”, por eso te escribo. Siento mucho lo del atraco, Maite, de verdad, pero quiero que sepas que lo hice por ti. Andábamos tan mal de pasta que no lo pensé demasiado. Además, tú te mereces lo mejor. No soportaba pensar que algún día podría faltarte algo…

Aquí la comida no es del todo mala, pero aún así echo mucho de menos tus garbanzos y la paella de pescado que hacías todos los domingos. ¿La sigues haciendo, Maite? Solo de imaginarla ya se me hace la boca agua.

Te parecerá mentira, pero he comenzado a estudiar. Yo, que desde que iba al colegio no había vuelto a coger un libro, pero es que necesito llenar las horas del día aquí dentro o acabaré volviéndome loco. Tal vez le coja gusto y al final consiga llegar a ser abogado o notario para poder darte una vida mejor.

Te amo con locura.
                                                                                                     Armando


PD: Ven a verme, por favor. Hace ya tres meses que no sé nada de ti.                
Carta seleccionada para su publicación en la Antología del I Concurso de Cartas Breves "Me olvidé decir..." convocado por Letras con Arte.

martes, 8 de abril de 2014

Carta de amor


Mi estimado Emilio,

 Tenga usted a bien leer esta misiva hasta el final, antes de hacerse una idea equivocada de mis propósitos, si bien no son otros que expresarle mi eterna gratitud por los magníficos momentos pasados junto a su persona y el exquisito trato con el que ha llevado mi caso.

Como bien recordará, fue hace un par de meses cuando acudí a su despacho, por recomendación de una amiga en común, para que pudiera tramitar mi divorcio. Tuvo usted a bien recibirme al momento y yo no sé, pero fue cruzar esa puerta y mi vida cambió. Y no lo digo por lo de la ruptura de mi relación, puesto que tal cosa hacía tiempo que ya no tenía remedio y tan solo se trataba de formalizar legalmente la situación. No, de lo que le hablo es de algo que va más allá de mi entendimiento. Lo que yo sentí nada más verle es que ya nos conocíamos, que ambos ya habíamos coincidido en vaya usted a saber qué momento, instante o vida pasada. Y créame si le digo que en temas religiosos soy una persona absolutamente escéptica. Pero lo vi y lo supe, como una revelación, como cuando bien entrada la mañana, el sueño tenido durante la noche se hace presente en la memoria. Así, sin más, de repente y sin motivo racional alguno. No sé si me entiende. Mejor aún, no sé si llego a explicarme de manera correcta.

El caso es que con el paso de los días y las constantes visitas, -permítame confesarle que más de una fue con absurdas excusas con el único fin de volver a verle-, la sensación de familiaridad fue en aumento y era, al abandonar su despacho, cuando me asaltaba un ingrato sentimiento de desolación y abandono. La angustia acechaba en el fondo de mi estómago haciendo que las horas siguientes carecieran de cualquier sentido. Así, me descubría pensando en usted de forma constante, suspirando como pocas veces me ocurriera antes e ideando nuevos y extraños pretextos para volver junto a usted. Supongo que ahora le irán encajando ya las piezas de este puzle de locos porque seguro que, en algún momento, llegó a pensar que yo estaba perdiendo la cabeza a causa de mi inminente divorcio. Pero no, por quien yo perdía la cabeza, y en ocasiones hasta el aliento, era por usted, mi adorado Emilio.

También le diré que tras estas letras no hay mayores pretensiones que las de declararle mi amor y nada más lejos que las de pedirle a usted ninguna otra cosa. Ahora bien, si por extrañas carambolas del destino, usted hubiera sentido algo similar hacia mi persona, sepa que sabré hacerle feliz como nunca nadie pretendió.

Usted ya dispone de mi teléfono, de manera que una llamada será suficiente para hacerme correr a sus brazos. Entenderé también que esta historia quiera llevarla en la más absoluta discreción y sepa que por mí no habrá ningún problema.

 

Un afectuoso abrazo,

                                                                                            

                                                                         Samuel Blanes