jueves, 20 de abril de 2017

Noches de librería




Cada tarde, a esa hora en la que las calles se empiezan a vaciar y las luces de los escaparates se apagan, es cuando el Principito aporrea la cubierta del libro –una excelente edición en tapa dura– de Alicia. Ella, entonces, se asoma tímida entre las páginas y le deja entrar.
Casi al mismo tiempo, el capitán Alatriste y Drácula se apresuran a continuar su partida de ajedrez. A su lado, Sherlock Holmes se lamenta de que tampoco este año ha conseguido dejar de fumar.
En un pasillo cercano, Hércules Poirot prosigue con su interrogatorio a un nervioso Christian Grey, que asegura haber extraviado una de sus sombras, mientras en la sección de clásicos se guarda un minuto de silencio por los descatalogados.
A la mañana siguiente, cuando la librería abre, ya no queda ni rastro de las letras, frases y párrafos que don Quijote ha tirado por el suelo, empeñado, una noche más, en derribar la estantería de las novedades a lomos del dinosaurio de Monterroso.



jueves, 26 de enero de 2017

Sus pies desnudos



Mateo estruja la nota contra su pecho. Camina despacio hasta el salón y abre la puerta con la misma lentitud. Sabe que llega demasiado tarde, así que de nada sirve ya correr. Se deja caer en la silla que hay junto a la mesa, la misma sobre la que ella habrá puesto sus pies desnudos hace unas horas. Cuenta las colillas que hay en el cenicero y sostiene con ternura la copa medio vacía. El olor del licor le lleva por un instante a otro tiempo, a domingos entrelazados en el sofá, a sobremesas eternas a su lado, a canciones de amor y películas con final feliz.
Mateo tira sobre la alfombra la copa y la hoja de papel maltrecha. Alarga las manos, ahora vacías, y acaricia los pies que cuelgan frente a sus ojos. Solo entonces rompe a llorar.


Microrrelato seleccionado para su lectura en antena en el taller radiofónico del CELARD. 
Puedes escuchar el programa aquí.

jueves, 12 de enero de 2017

Cambios de estación





Una noche de verano Luis nos despertó con sus alaridos. Asustados, salimos corriendo de nuestras habitaciones y nos dirigimos al patio. Allí, mientras gritaba a quien quisiera escuchar que él era el mismísimo capitán Spock, nosotros asistimos atónitos al aterrizaje de una enorme nave espacial. Un par de semanas más tarde aquel artefacto desapareció, al igual que Luis.
Bien entrado ya el otoño fue Aurelio el que una tarde revolucionó nuestra rutina al asegurarnos que, en realidad, él era el conde Drácula. Dicho esto, un imponente ataúd hizo su aparición también en el patio. Así, sin más. La tierra se abrió y aquello brotó de su interior. A partir de entonces Aurelio dejó de dormir por las noches y tuvimos que arrastrar el ataúd hasta la sala común para evitar que le diera el sol durante el día.

Por suerte para mí, nada más estrenar el invierno recibí el alta, con gran alivio, pues mi compañero de habitación acababa de contarnos esa misma mañana la sangrienta batalla que había librado contra Moby Dick a bordo de su ballenero. Al salir me pareció escuchar un lejano rumor de olas y aceleré el paso.