martes, 4 de diciembre de 2012

La voz

Todo comenzó tras el accidente, o tal vez fuera algún tiempo después. No lo tengo muy claro, puesto que los recuerdos se agolpan en mi mente, borrosos, cubiertos de una espesa niebla, semejante a la que se cernía sobre la carretera esa noche. Estaba demasiado cansado, puede que hubiera bebido algo más de lo necesario, y cerré los ojos, sin más.
Un mes más tarde desperté en aquel horrible hospital y ya nunca volví a ser  el mismo. Pruebas, operaciones, rehabilitación y, por fin, el alta médica. Regresé a casa, o más bien debería decir que lo que quedaba de mí volvió a casa. Pasé varios días en la cama sin comer, sin dormir, sin lavarme, tan sólo con la mirada fija en el techo, con la mente en blanco, sin ganas de recomponer mi vida... Hasta su visita. Llegaron sin avisar, una noche cualquiera, y se apostaron a los pies de mi cama. Al principio solamente conseguí distinguir dos presencias, pero a medida que iba saliendo de mi asombro, comprendí que se trataba de bastantes más. Sus murmullos llenaron la habitación, mientras un sudor frío comenzaba a recorrer mi cuerpo, rígido como una estaca. De mi boca, completamente seca, no acertaba a salir ni un solo sonido. Lo único que deseé en ese momento fue desaparecer, evaporarme, salir corriendo de allí, pero el miedo me mantenía pegado a la cama, como la desidia lo había hecho durante los días anteriores. No puedo precisar la duración de aquel encuentro, tal vez fueran minutos, aunque a mí me pareciera una vida entera. El ambiente de la habitación se volvió denso, pesado, las paredes parecían estrecharse lentamente al tiempo que sentía cómo la cama me iba engullendo. Empezó a faltarme el aire y cuando creí que mi fin había llegado, que iba a morir allí mismo, tal y como vinieron se fueron, así de repente, desaparecieron. Aunque lo correcto sería decir que simplemente dejé de verlos porque a partir de entonces no volví a sentirme solo.
Tras esa noche, los acontecimientos se sucedieron rápidamente. Hasta entonces mi vida parecía permanecer en el modo "pausa", pero después de aquello fue como si alguien hubiera pulsado el botón de máxima velocidad.
Con la llegada de los primeros rayos de sol, me levanté de la cama con lo que parecía una energía renovada. El cuerpo ya no me dolía tanto como en los días anteriores y supuse que una buena ducha me haría ver las cosas de otro color. Y al entrar al cuarto de baño la vi allí en la bañera, completamente inerte. Juro que jamás había visto antes a aquella chica, pero estaba en mi bañera, muerta, rodeada de sangre, con las muñecas abiertas y su mirada clavada en mi pecho. Intenté pensar, buscar algún tipo de explicación razonable a aquello que tenía delante, cuando oí la voz. "Bien hecho, muchacho, sabía que podíamos contar contigo". Y entonces sentí cierta calma. Por una vez en la vida había hecho algo por alguien y me lo estaba agradeciendo. Esa voz me dijo que había hecho lo correcto, que no me preocupara porque todo iba a salir bien.
El resto del día lo pasé cortando, embolsando y limpiando, a la espera de nuevas órdenes. Éstas no tardaron en llegar y, aunque no consigo recordarlas, al día siguiente volví a encontrar un cadáver en la bañera, pero esta vez se trataba de un hombre. Tampoco a él lo reconocí. Apareció en mi bañera en mitad de la noche, al igual que hicieran aquellos seres en mi habitación dos días atrás. Y volví a escuchar la misma voz, aunque ésta no respondía a mis múltiples preguntas, sino que se limitaba a darme las gracias y a convencerme de que todo iba por buen camino.
Siete cadáveres después, soy yo el que trata de convencer al juez de que no fue cosa mía, que yo sólo soy un mero instrumento a merced de aquella voz. Lo que no puedo contarle es que ahora me pide el cuerpo de mi abogado y mañana tengo cita con él, aquí en la celda, él y yo solos... y la voz.


    Texto ganador del I Concurso de Relatos de Terror de Halloween convocado por la Asociación Juvenil "37900 Joven" de Santa Marta de Tormes (Salamanca).

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