Hoy hace tres años de mi encierro. Me marea pensar lo deprisa que transcurre el tiempo, incluso cuando una solo se dedica a verlo pasar. Agorafobia, dictaminó la psiquiatra, después de varios ataques de pánico en mitad de la calle. Tras el diagnóstico me rebelé, pero pasados algunos intentos, todos ellos infructuosos, por volver a salir, decidí permanecer en casa, el único lugar del mundo en el que me siento a salvo. Dentro de la vorágine que supone esta enfermedad, los primeros meses fueron, sin duda, los más llevaderos. Recibía visitas a menudo, constantes llamadas y mis requerimientos eran satisfechos con más o menos rapidez por la mayoría de mis conocidos. Sin embargo, la paciencia es una cualidad de duración finita y hoy por hoy, pasan semanas sin que nadie pise mi casa. El teléfono también hace ya mucho tiempo que dejó de sonar. Durante el día paso las horas sentada frente al televisor, esperando la llegada de algún milagro o de un rayo mágico capaz de reiniciar mi cerebro...