Su propio grito la despertó. Desorientada miró el reloj: las seis y media. Tenía la boca seca y el cuerpo empapado en sudor. En el otro extremo de la ciudad, a la misma hora, Adrián abrió los ojos al oír el penetrante zumbido de su viejo despertador. Enseguida supo que aquel no sería uno de sus mejores días: un terrible dolor de cabeza amenazaba con martirizarlo durante las próximas horas. Celia se levantó de la cama. Seguía angustiada y no conseguía recordar nada del maldito sueño, ni una sola imagen, solo esa horrible sensación que ahora amenazaba con bajar hasta la misma boca de su estómago. Fue hasta la cocina y preparó café con la esperanza de disipar la espesa niebla en la que sentía estar sumergida. Una ducha también ayudaría, el agua tal vez pudiera arrastrar su malestar. Adrián buscó en el cajón de la mesita de noche algo con lo que calmar el martilleo que taladraba su cabeza. Nada, ni una pastilla. Debí de tomarme la última hace dos días para la resaca de la despedida...