Seis de la mañana. Suena el despertador y por mi cabeza pasan cientos de excusas posibles para no ir a trabajar. Maldigo una y mil veces a mi madre por parirme con este extremado sentido de la responsabilidad y me arrastro de la cama a la ducha. Consigo deshacerme de las legañas, pero no de la espesura mental que me acompañará casi hasta el mediodía. Tal vez el primer café del día pueda ayudarme. Me visto apresuradamente, cojo el bolso y salgo a la calle dispuesta a vivir un apasionante nuevo día dedicado a la limpieza de distintos inmuebles por un miserable sueldo, que me permitirá llegar tranquila hasta el décimo día del mes aproximadamente. Pero a veces la vida tiene sus puntos y de camino a la parada del autobús mis ojos se topan con la noticia del día: un juez cualquiera considera que llamar "zorra" a una mujer no es un insulto. No puedo evitar soltar una sonora carcajada, salida desde lo más profundo de mi garganta. "Está bien", me digo. "Si soy capaz d...